I Guerra Mundial: Evolución de la defensiva
Inicialmente, el tipo de tácticas defensivas adoptadas reflejaban fundamentalmente el temor a que la poco instruida tropa de leva se desmoralizase, lo que llevaría al colapso de sus unidades. Todos los Ejércitos beligerantes suponían que un éxito inicial del enemigo podría ocasionar una reacción de pánico que llevase a una huida, por lo que los Ejércitos eran muy reacios a ceder ninguna porción de terreno. Además de ello, se consideraba que si se permitía ceder terreno a una unidad, ésta no lucharía con tenacidad, hasta el punto que la autorización para ceder voluntariamente terreno se consideraba casi una incitación a la cobardía.
Tras su fracaso en el Marne, y debido a la necesidad de hacer frente a los rusos en el Este, el Ejército alemán en el frente occidental adoptó una actitud defensiva. En consecuencia, comenzó a crear un sistema de fortificaciones de campaña para conservar el terreno ganado, con el fin de reanudar la ofensiva cuando se dispusiese de las tropas implicadas en el combate en el Este. La consigna de Von Falkenhayn, Jefe del Ejército alemán tras la dimisión de Von Moltke tras el fracaso del Marne en 1914, era “Halten was zu halten ist” (“detenerse donde cada uno haya llegado”), y excluía específicamente ninguna cesión de terreno: cualquier unidad expulsada de su posición debía contraatacar para recuperarla. De hecho, el Ejército alemán adoptó la política de relevar inmediatamente del mando a cualquier jefe que perdiese su posición, independientemente de las circunstancias en las que se produjese esa pérdida.
Por su parte, los franceses defendían su territorio nacional en una época que supuso la cumbre de años de exaltación patriótica. Secundariamente, el “culto a la ofensiva” seguía siendo fundamental en el Ejército francés, lo que fomentaba la idea de no ceder ni un solo metro de terreno, acción que podría considerarse como una falta de espíritu de combate.
Inicialmente, el principal medio para defender las posiciones era el fuego de fusilería: la Artillería todavía estaba lejos de completar su transición hacia el fuego indirecto, y las ametralladoras seguían siendo escasas. En consecuencia, todos los beligerantes adoptaron como práctica habitual la concentración del mayor número posible de fusileros en las trincheras de vanguardia. Además de la necesidad de disponer de la máxima potencia de fuego a vanguardia, la concentración de fuerzas pretendía mantener la moral de las tropas, en una especie de retorno a la proximidad física del orden cerrado, tan familiar a todos los Ejércitos.
Puesto que la defensiva se basaba en el fuego de armas ligeras y era estática, la ametralladora se convirtió lógicamente en el arma ideal para estos cometidos. Sin embargo, la introducción de ametralladoras en las posiciones avanzadas no implicó el redespliegue de fusileros hacia la retaguardia: por parte alemana, las tajantes órdenes de Von Falkenhayn obligaban a los Jefes en vanguardia a asegurar la defensa de las trincheras más avanzadas a cualquier precio, mientras que por parte francesa la penuria inicial de ametralladoras (el 40% de la industria francesa, situada al Norte del Somme, había caído en poder de los alemanes) forzaba a mantener a la Infantería en primera línea.
Esta disposición defensiva funcionó bien durante los combates de 1914 y 1915, en los que la mayoría de los ataques se hicieron con un escasísimo apoyo artillero, como el ataque referido en Loos. Sin embargo, ya a finales de 1915, la Artillería estaba completando su transición hacia el fuego indirecto.
Pese a su inferioridad en el frente occidental en 1915, los alemanes contaban con una ventaja: su Artillería estaba dotada de un número considerablemente mayor de obuses pesados que la de los aliados: frente al uso casi universal del Schneider 75 mm. por los franceses y del 18 pounder por los británicos (con un reducidísimo número de obuses pesados – 60 pounder – centralizados a nivel Gran Unidad Ejército), los alemanes disponían de un potente Grupo de Artillería dotado de obuses en cada División, compuesto por cuatro baterías de obuses de 150 mm. En 1915 y al principio de 1916, estos obuses podían actuar casi impunemente, ante la incapacidad de los medios aliados para realizar una contrabatería eficaz.
En julio de 1916, con el fin de aliviar la presión alemana sobre el frente de Verdún, británicos y franceses iniciaron una potente ofensiva en el Somme. Tras las experiencias de Loos y Neuve Chapelle, los británicos realizaron su ataque con un apoyo artillero desconocido hasta ese momento: una preparación de seis días, con un consumo de 1.628.000 proyectiles, y una ‘barrera móvil’ que cubriría el avance de la Infantería.
Los británicos esperaban que la potentísima preparación artillera destruyese completamente la posición defensiva alemana, pues el Ejército británico – que acababa de iniciar la leva forzosa -, disponía de una tropa pobremente adiestrada, que no era considerada capaz de vencer por sí misma a la fogueada Infantería alemana. Sin embargo, pese a sufrir durísimas pérdidas, la defensa alemana no fue destruida por el bombardeo. Además de ello, la inexperta Infantería británica tardó más tiempo del previsto en salir de sus trincheras y adoptar el despliegue lineal que se esperaba. Esto hizo que la ‘barrera móvil’ se separase excesivamente de la Infantería, perdiendo el efecto de supresión de los núcleos de resistencia restantes. En consecuencia, los infantes británicos quedaron expuestos al fuego de las armas alemanas supervivientes: el 1 de julio de 1916, el Ejército británico perdió 57.470 hombres (19.240 de ellos muertos), el 90% de ellos en la primera hora de avance.
Vainas de la Artillería británica en el Somme, en julio de 1916. Tras esa batalla, los alemanes eran conscientes de que no podían igualar la potencia de fuego de la Artillería aliada
No obstante, los alemanes habían quedado impresionados por la potencia de la Artillería británica. De hecho, sus bajas habían sido muy cuantiosas, en gran parte por la política de Von Falkenhayn de mantener una alta densidad de tropas en las trincheras más avanzadas, objetivo preferente de la Artillería aliada. Como Verdún, el Somme fue una victoria pírrica: el Ejército alemán simplemente no podía mantener ese ritmo de pérdidas de personal. Von Falkenhayn fue cesado, y trasladado al frente oriental (donde, por cierto, cosechó importantes éxitos).
La solución fue la adopción de una nueva táctica defensiva, desarrollada a partir de la experiencia obtenida hasta ese momento, que se denominó ‘defensa elástica’. Esta novedosa táctica fue impulsada por los nuevos jefes del Ejército alemán, Von Hindenburg y Ludendorff, y se tradujo en un documento denominado Fürung in der Abwehrschlacht (‘directrices en la batalla defensiva’), publicado en diciembre de 1916. El documento suponía un cambio radical sobre lo ordenado por Von Falkenhayn. El objetivo de la defensiva dejaba de ser la conservación del terreno, y se convertía en la destrucción del potencial militar enemigo.
El nuevo esquema defensivo alemán centraba su esfuerzo en minimizar el efecto de la Artillería aliada, al tiempo que pretendía aprovechar la vulnerabilidad de la Infantería cuando se veía obligada a combatir en terreno desconocido y en inferioridad de fuegos.
Las medidas más evidentes del nuevo sistema eran el escalonamiento de defensas en profundidad, el abandono de zonas de terreno expuestas, y la redistribución de las tropas en las líneas defensivas para minimizar su vulnerabilidad a la Artillería aliada. Sin embargo, la nueva doctrina defensiva alemana suponía un cambio mucho más profundo de la doctrina defensiva de lo que resultaba aparente.
En realidad, los franceses ya contemplaban desde 1915 la posibilidad de establecer una defensa escalonada, con una primera línea sólo guarnecida por algunos puestos destacados, posiciones escalonadas en profundidad y refugios para las reservas, distribución similar a la prevista por los alemanes. Sin embargo, ambos conceptos tenían profundas diferencias: mientras que los franceses seguían considerando la posición defensiva como una barrera para impedir el paso del enemigo, los alemanes la consideraban como una trampa para alcanzar su destrucción. El escalonamiento de las reservas francesas respondía a la necesidad de robustecer la defensa y de forzar al atacante a realizar sucesivas operaciones de ruptura.
Los franceses desplegaban sus posiciones defensivas en lugares dotados de amplios campos de tiro, e intentaban maximizar el alcance de sus ametralladoras situando sus alambradas prácticamente al límite del alcance de estas armas. De esta forma, la Artillería alemana se veía obligada a realizar fuegos específicos para destruir las alambradas, que no afectaban a las alejadas posiciones avanzadas. Las reservas francesas se distribuían de forma regular y su actuación perseguía reforzar la defensa en aquellos puntos más amenazados. Los puestos avanzados franceses pretendían cubrir someramente la línea más avanzada, reduciendo la vulnerabilidad de la Infantería atrincherada en ellas ante el fuego de la Artillería alemana, y tenían la misión de evitar el reconocimiento alemán sobre las posiciones principales. El escalonamiento de las defensas pretendía retrasar el avance alemán lo suficiente como para redesplegar la Artillería y las reservas operacionales que, en caso de ruptura, serían las que restituirían la integridad de la posición defensiva.
El esquema alemán, aunque superficialmente similar, tenía importantes diferencias con el sistema francés. Se basaba en cuatro principios:
No debía cederse la iniciativa al atacante, sino que el defensor debía adoptar medidas que rompiesen el esquema del avance enemigo (que, como se ha citado, era bastante metódico, y su éxito dependía precisamente de una aplicación estricta de ese método).
La defensa se basaba en la potencia de fuego, no en el empleo de masas de Infantería.
El terreno no era importante en sí mismo, y podía cederse si las pérdidas necesarias para recuperarlo no compensaban el desgaste infligido al enemigo.
La defensa debía escalonarse en profundidad.
El sistema alemán se basaba en la consideración de que cuanto más se alejasen los atacantes de sus líneas, la calidad de su apoyo artillero (el elemento fundamental de la superioridad aliada) iría disminuyendo progresivamente, debido al creciente desconocimiento del terreno, al deterioro de los tendidos de cable telefónico (vitales para modificar el tiro de la Artillería) y la pérdida de precisión del tiro al aumentar los alcances, junto con la pérdida de cohesión de la Infantería debida al fraccionamiento de las unidades a causa de las bajas y de su paso por las zonas de cráteres y obstáculos.
Esta disminución de la eficacia de la Artillería aliada coincidiría con un incremento de la potencia de la defensa alemana, compuesta de posiciones ocultas, bien dotadas de ametralladoras, y de reservas progresivamente más fuertes, cuya función era la de realizar contraataques en los momentos en los que la Infantería aliada se detuviese para consolidar posiciones o para reorganizarse. La Artillería alemana evitaría hacer fuego durante la preparación aliada, para ocultar su posición, pero se emplearía en concentraciones cortas y violentas en apoyo de los contraataques, y también para aislar de posibles refuerzos a las fuerzas enemigas seleccionadas para sufrir el contraataque. Estos contraataques y sus planes de fuego asociados estaban planeados y ensayados.
En su modelo ideal, la posición defensiva alemana se encontraba en contrapendiente, de forma que las posiciones defensivas más importantes se encontraban ocultas a las vistas de los observadores de Artillería enemiga. Como consecuencia de este enfoque, la primera línea de trincheras pasó a convertirse en una línea de puestos de observación localizados en la línea de alturas situada a vanguardia de la posición defensiva.
Estos puestos tenían como misión evitar la acción de patrullas y pequeñas incursiones enemigas, dar la alerta en caso de ataque y evitar que el enemigo ocupase las alturas y ganase observación sobre la posición defensiva. En caso de un ataque decidido, cuando comenzase la preparación artillera, los elementos que guarnecían estas posiciones abandonarían sus someras fortificaciones (perfectamente conocidas y, en consecuencia, batidas por el enemigo) redesplegando a otras posiciones ocultas cercanas a éstas o a cráteres alejados de las trincheras batidas. La posesión de esta línea de alturas era un elemento clave en la defensa alemana. Cuando, a partir de mediados de 1917, los franceses se dieron cuenta de las características del nuevo sistema alemán organizaron operaciones limitadas, dedicadas a tomar esas líneas de alturas. El conjunto de estas acciones se denominó ‘la batalla de los observatorios de Artillería’.
Esquema defensivo alemán de 1917-1918
Perfil del sistema defensivo alemán de 1917-1918
A retaguardia de esa primera línea se encontraba la posición defensiva, que se encontraba separada de ésta una distancia que permitiera a los morteros y armas pesadas situadas en la primera línea de trincheras de la posición defensiva apoyar a las unidades desplegadas en la línea de puestos de observación, y lo suficientemente cerca como para posibilitar su repliegue en caso necesario. Para repeler estas incursiones ‘menores’, los alemanes no empleaban la Artillería, para evitar descubrir su posición, prefiriendo el uso de ametralladoras y morteros, localizados en las trincheras. En general, la separación entre ambas organizaciones defensivas solía estar entre los 500 y 1.000 metros. La principal arma de la Infantería alemana en defensiva era la ametralladora. Si bien el despliegue en contrapendiente no siempre permitía aprovechar el máximo alcance de estas armas, los alemanes pensaban que el fuego desencadenado de forma inesperada, a corta distancia y en desenfilada era mucho más eficaz para causar bajas al enemigo que el tiro a distancias largas, que sólo retrasaba el movimiento de la Infantería atacante y atraía el fuego de la Artillería.
La posición defensiva se componía de tres líneas defensivas escalonadas, separadas entre 500 y 1000 metros, con una profundidad total de entre 2.000 y 3.000 metros. Tras ellas se desplegaba una cuarta línea defensiva, la ‘línea de protección de la Artillería’, tras la que desplegaban en profundidad la Artillería y las organizaciones logísticas. La separación entre líneas se seleccionaba en función del terreno, procurando siempre que fuese posible aprovechar las contrapendientes. De forma coherente con el principio de que el fuego era la base de la defensa, el criterio para seleccionar la localización de la posición defensiva no era la fortaleza natural del terreno, sino las posibilidades de observación artillera, la existencia de posiciones adecuadas para la Artillería y la facilidad de comunicación entre las posiciones defensiva y la zona de retaguardia, donde desplegaban la Artillería y las reservas. Consecuentemente, las ‘directrices en la batalla defensiva’ dedicaban más páginas al uso de la Artillería que al empleo de ningún otro Arma.
La parte principal de la batalla defensiva se realizaba en el interior de la posición defensiva. Dentro de ella, las trincheras no constituían la base de la defensa, sino que se empleaban para proteger a la guarnición durante periodos de calma (siempre relativa), pero no se combatía desde ellas, pues eran fácilmente localizables por observación aérea, y, por ello constituían objetivos prioritarios de la Artillería atacante. Dentro de la posición defensiva se organizaban pequeñas fortificaciones, bien ocultas, de nivel Pelotón o Sección, capaces de realizar una defensa perimétrica, pensadas para hacer fuego (preferentemente de enfilada) sobre la Infantería atacante. Al inicio de un ataque, la Infantería alemana abandonaba sus trincheras y ocupaba esas posiciones ocultas y bien protegidas. Estas pequeñas islas de resistencia retardaban el avance de la Infantería, separándola de la ‘barrera móvil’ y dejándola expuesta al fuego de las armas de la Infantería defensora. En caso de ser rebasadas, las unidades que guarnecían esas islas de resistencia no se retiraban, sino que mantenían las posiciones confiando en el éxito de los contraataques, previamente ensayados. Los planes de fuego de Artillería se confeccionaban respetando esas posiciones, de forma que eran lugares relativamente seguros.
El mando y control de la batalla defensiva se aseguraba mediante un principio sencillo: el jefe en cuya área de responsabilidad se realizase la acción defensiva tomaba el mando de todas las unidades que intervenían en ella, incluyendo las que ejecutaban los contraataques, independientemente del empleo militar. De esta forma, el jefe que estaba más familiarizado con la situación táctica concreta integraba a las tropas recién llegadas en su propio plan de contraataques. Esta medida permitía que las reacciones alemanas fuesen muy ágiles, al no haber relevo de mando entre las unidades intervinientes en una acción determinada. Además de ello, el jefe del Batallón desplegado en primera línea tenía por defecto la autoridad de ordenar un contraataque de la reserva de Regimiento, y el jefe del Regimiento de primera línea tenía idéntica autoridad sobre las reservas de División.


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