I Guerra Mundial: Conclusiones
La Gran Guerra es el primer conflicto ‘moderno’. Por primera vez se ponen en ejecución conceptos como la ‘guerra total’ (la implicación absoluta de todos los medios de una sociedad para sostener el conflicto, sin importar su coste), las máquinas toman un papel preponderante en el combate, y la potencia industrial y económica de los diferentes Estados es directamente proporcional a su capacidad militar. Estas características influyeron en aspectos determinantes de las sociedades de la época (como en el trabajo femenino – pues las mujeres tuvieron que reemplazar a los hombres en las fábricas -, la popularización de los vehículos de motor o el inicio del desarrollo de la aviación, entre otros muchos).
Desde el punto de vista doctrinal, la Gran Guerra supuso un cambio radical en la organización y forma de combatir de los Ejércitos, cambio que llega, en diversos grados, hasta nuestros días. Si la organización y las tácticas de los Ejércitos de 1914 eran herederas directas de las aplicadas en tiempos de Napoleón, las de 1918 son ya ‘modernas’, entendiendo como tales aquellas que reúnen una serie de características comunes con las de la actualidad:
Los Ejércitos combaten en áreas muy extensas (mucho mayores que el campo visual) en un campo de batalla tridimensional.
El ritmo de las operaciones (o ‘tempo’: razón entre la velocidad de actividad propia y la enemiga) y la sincronización de acciones es fundamental, para sobrepasar los procesos de toma de decisión del enemigo.
La inteligencia es fundamental para determinar los objetivos a batir.
Los contendientes disponen de la capacidad de batir objetivos con precisión en la profundidad del despliegue enemigo, de forma independiente o coordinada con el combate a corta distancia.
La aplicación de los fuegos busca efectos concretos (‘neutralización’, ‘supresión’, ‘prohibición’, ‘hostigamiento’…), no la simple destrucción del adversario.
Disponen de medios de Mando Control y Comunicaciones y de procedimientos que permiten coordinar todos estos elementos.
Sin embargo, estas condiciones se produjeron casi exclusivamente en el Frente Occidental, en el que las relativamente reducidas dimensiones del Teatro de Operaciones y la gran cantidad de tropas desplegadas llevaron a una densidad de ocupación del terreno muy elevada. En esas condiciones, el envolvimiento (la maniobra militar ‘par excellence’ desde Cannas) era imposible, y el estancamiento casi inevitable: las batallas se convirtieron en ataques frontales en los que la ruptura del frente enemigo sólo parecía posible mediante la acumulación masiva de medios artilleros, y el número de bajas de los combatientes era siempre muy elevado…
No obstante, esas condiciones sólo eran aplicables en el reducido espacio del Frente Occidental: en realidad, en el resto de los Teatros, con una densidad de ocupación del terreno mucho menor, el conflicto se había desarrollado casi como preveían los Estados Mayores antes de 1914: amplios movimientos, batallas de envolvimiento, uso limitado de la Artillería, papel relevante de la Caballería… En consecuencia, después de 1918 no eran pocos los Generales de ambos bandos que consideraban que los combates del Frente Occidental eran una excepción, – y no la norma – del combate futuro. Y, por eso mismo, las tácticas, los procedimientos y los medios técnicos desarrollados durante el conflicto para triunfar en esas condiciones ‘excepcionales’, eran igualmente ‘excepcionales’. No es sorprendente que muchos prestigiosos jefes militares de la posguerra considerasen que el combate futuro todavía guardaba un papel relevante para la Caballería a lomo (como el británico Haig, o, más sorprendentemente, Von Seeckt, el ‘padre’ de la Reichswehr alemana de la República de Weimar) o que muy pocos considerasen al carro de combate como el sucesor del caballo en el Arma de Caballería.
Pese a la experiencia de los frentes ‘secundarios’ de la gran Guerra, en realidad, donde se aplicaron los métodos (y los medios) del Frente Occidental, el resultado había sido concluyente: las victorias alemanas en Gorlice –Tarnow (primavera de 1915), Riga (septiembre de 1917) o Caporetto (noviembre de 1917) se habían caracterizado por un empleo ‘en masa’ del fuego indirecto, y por el empleo de unidades interarmas a muy bajo nivel, con resultados decisivos. Estos datos apuntaban a que la experiencia del Frente Occidental era mucho más general y menos ‘excepcional’ de lo que sus detractores opinaban.
En cualquier caso, durante la Gran Guerra aparecen dos tendencias destinadas a solventar el inesperado problema del desequilibrio entre la movilidad de la Infantería y la Caballería, el incremento de la potencia de fuego en el campo de batalla y la limitada protección de las Armas de maniobra.
La primera de estas tendencias se basaba en la reducción de la potencia de fuego enemiga, como forma de reducir la letalidad del campo de batalla para las Armas de maniobra propias. La forma de hacerlo fue distinta en el caso alemán y en el caso aliado. Sin embargo, alemanes y aliados tenían en común un elemento importante: para conseguir ese fin, ambos se basaban en el combate interarmas, de forma que las limitaciones de la Infantería se compensasen con las aportaciones de otras Armas, en especial de la Artillería.
En el enfoque aliado, esta compensación llega al extremo de que la Artillería llega a sustituir ‘de facto’ a la Infantería como Arma principal del combate. El Teniente francés Raymond Jubert describía en mayo de 1916 la actuación de la Infantería francesa en Verdún en los siguientes términos:
‘… lo único que hacía la Infantería era actuar de abanderados, marcando sobre el terreno la zona de superioridad impuesta por la Artillería’.
Sin embargo, en ningún momento durante la Gran Guerra (ni siquiera en los meses finales) la Artillería llegó al nivel de eficacia deseado: pese a la violencia de los bombardeos artilleros, la Artillería fue incapaz de ‘destruir’ completamente a los defensores, por lo que la Infantería atacante siempre sufrió cuantiosísimas pérdidas. Sin embargo, ya a finales de 1916, tanto los aliados como los alemanes eran conscientes de que, con suficientes piezas y munición, la Artillería siempre podría hacer el daño suficiente como para permitir un avance dentro de su alcance (unos 3 ó 4 km. de profundidad tras el frente enemigo), en cualquier zona del frente. Más allá de esa distancia, la necesidad de cambiar de asentamiento, las dificultades logísticas al perderse las buenas comunicaciones con retaguardia y el combatir en zonas poco conocidas hacía disminuir mucho la eficacia del fuego artillero. En consecuencia, el avance más allá de esa estrecha franja era muy problemático.
La opción aliada fue, simplemente, renunciar a ese avance, aunque manteniendo la amenaza de hacerlo, para obligar a los alemanes a mandar tropas a la zona batida por la Artillería aliada. De esta forma, en 1918, los aliados concebían la guerra como una sucesión de batallas de desgaste basadas en el fuego de Artillería, y cuyo éxito se medía en el desgaste humano causado a la Infantería adversaria. Ninguna de estas batallas sería decisiva en sí misma, pero el efecto del conjunto sería acumulativo. Por supuesto, se asumía que el coste humano de esta forma de combatir era enorme, pero, a cambio, el sistema parecía garantizar la victoria al bando industrialmente más poderoso, que, prácticamente en todos los escenarios concebibles, era el suyo.
En el enfoque alemán, la Infantería sigue siendo el Arma principal del combate, y la Artillería juega un papel muy importante, pero de apoyo. La forma de conseguir reducir la vulnerabilidad de su Infantería se basa en alcanzar la sorpresa en el punto y momento de la ruptura y en la reducción de la eficacia de las armas de la defensa mediante fuego de Artillería dirigido no a ‘destruir’, sino a ‘neutralizar’, a impedir que el enemigo haga uso de sus armas durante el tiempo suficiente para permitir a la Infantería atacante llegar al choque. El fuego de Artillería se empleaba además en acciones de contrabatería (para reducir la eficacia de la Artillería enemiga, bien atacando sus asentamientos, bien forzándola a emplearse a su vez en labores de contrabatería, evitando que se empeñase sobre la Infantería alemana) y para fragmentar el campo de batalla, mediante fuegos dedicados a aislar la zona bajo ataque, evitando que acudiesen refuerzos al sector atacado.
Sin embargo, la sorpresa era posible alcanzarla por la gran longitud de la línea del frente, que hacía que, potencialmente, existiesen sectores mal defendidos en los que sería posible alcanzar una ruptura. En conflictos anteriores, con Ejércitos reunidos en áreas mucho más pequeñas y con poco contacto entre ellos, las posibilidades de alcanzar la sorpresa a nivel estratégico eran mucho menores: era muy difícil ocultar la presencia de grandes fuerzas en zonas geográficas inesperadas. Sin embargo, los frentes ocultaban al enemigo los movimientos de tropas que se producían a retaguardia, posibilitando esa sorpresa estratégica. La sorpresa en la que se basaba la doctrina ofensiva alemana era un producto exclusivo de la aparición de los frentes, por lo que, en el fondo, la validez del concepto estaba ligada a la existencia de esos frentes.
Asumiendo que la táctica alemana permitiese alcanzar la ruptura en aquellos sectores en los que se alcanzase la sorpresa, al igual que para los aliados, el problema seguía siendo la explotación en profundidad de esa ruptura. A diferencia de los aliados, los alemanes no podían permitirse una guerra de desgaste, por lo que necesitaban una batalla decisiva que sólo podía obtenerse mediante una explotación operacional de una ruptura del frente.
Como consecuencia de este problema, los esfuerzos alemanes (y también los aliados, en menor medida) se dirigieron paralelamente a mejorar la movilidad de la Infantería.
En el caso alemán, ante las penurias de medios de los años finales de la Gran Guerra, su opción fue el movimiento constante: alcanzada la ruptura, las unidades de Infantería avanzarían rápidamente en la profundidad del despliegue enemigo, seguidas por la Artillería más ligera, sin esperar al redespliegue de su Artillería pesada. Sin embargo, la Infantería alemana a pie no podía igualar la velocidad de movimiento de las reservas aliadas en ferrocarril o en camión, ni la Artillería alemana (ni siquiera la más ligera) era capaz de avanzar rápidamente ni de mantener un apoyo eficaz a su Infantería sin las excelentes vías de comunicación necesarias para recibir munición de su retaguardia, y que no existían (y eran difíciles de construir) en el torturado terreno de la ‘tierra de nadie’ que había que cruzar para entrar en territorio enemigo.
Además de ello, al igual que ocurría con la Artillería aliada, cuanto más lejos se encontrase de su base de partida, menor sería la eficacia de la Artillería alemana, dado su progresivamente mayor desconocimiento del terreno. En consecuencia, durante la guerra, las unidades que realizaron la explotación de las rupturas del frente acabaron combatiendo en inferioridad de fuegos, siendo destruidas por las reservas aliadas. Los alemanes no fueron capaces de encontrar solución a este problema durante la Gran Guerra.
La solución aliada fue la introducción del carro de combate, medio por el cual obtenían tanto mayor velocidad como mejor protección. Las miserias del Ejército alemán en los años finales de la PGM excluían esta solución para los germanos, pese a que valoraban en su justa medida estos ingenios. Sin embargo, los carros de la Gran Guerra tenían muchos problemas: su movilidad era relativamente escasa (especialmente en el caso de los franceses, construidos sobre la base de tractores agrícolas norteamericanos Holt). Su falta de fiabilidad mecánica, su tendencia a quedarse atascados en cráteres y trincheras y su vulnerabilidad al fuego de Artillería (demostrada en Cambrai o en la ofensiva de Nivelle en el Artois, ambas en 1917) hizo que su empleo se centrase en actuar como medios auxiliares de la Infantería, fuertemente apoyados por la Artillería y operando siempre dentro de su alcance. Actuando de esta manera se alcanzaron los éxitos de Malmaison, Montdidier o Amiens (1918). Sin embargo, esta forma de operar hacía que los carros no fuesen más que un elemento auxiliar de la Infantería para el combate en la zona defensiva enemiga, sin añadir movilidad al conjunto del Ejército, ni posibilitar una ruptura operacional.
En cualquier caso, los combates de la Gran Guerra manifiestan sin ningún género de dudas que la Infantería ligera (entonces la Infantería sólo era ‘ligera’) era incapaz de sobrevivir en el combate de alta intensidad sin compensar de alguna manera sus limitaciones (en movilidad táctica, potencia de fuego y protección). De hecho, la Infantería que sale de la Gran Guerra guarda escaso parecido con la que la inició: desde el uniforme y el equipo del soldado (predominan los colores que permiten al soldado mimetizarse con el entorno, y las vistosas prendas de cabeza han sido sustituidas por cascos de acero), hasta la organización de las unidades (que dejan de ser exclusivamente ‘de fusileros’ para integrar ametralladoras – en muchos Ejércitos el arma principal de la ‘nueva’ Infantería -, morteros y ‘cañones de Infantería’; de la misma forma, se integran en las compañías de Infantería pequeños equipos de zapadores y de transmisiones…). En cierta manera, la Infantería se hace ‘interarmas’, en el sentido de que los viejos Regimientos de Fusileros se transforman en unidades mucho más complejas, dotadas de abundantes ametralladoras, morteros, ‘cañones de Infantería’ y encuadrando elementos de otras Armas (singularmente, de Transmisiones y Zapadores) …
De la misma forma, la Artillería de 1918 tiene poco que ver con la de 1914. Las dotaciones artilleras han crecido enormemente, al tiempo que han variado sus materiales y su forma de empleo. Predominan en 1918 los obuses sobre los cañones, la proporción de piezas pesadas es muy superior a la que había en 1914, y el tiro indirecto es la forma habitual de hacer fuego. Así, la Artillería emplea la ‘maniobra de los fuegos’ (las piezas no se mueven de sus emplazamientos, pero gracias al tiro indirecto pueden hacer fuego en cualquier lugar dentro de su alcance, cambiando de objetivos sin cambiar de posición), y, consecuentemente, está muchísimo más centralizada que en 1914, para conseguir concentrar masas de fuegos sobre puntos concretos del campo de batalla.
La complejidad técnica del tiro indirecto hace que las unidades artilleras incorporen potentes unidades cartográficas, elementos de cálculo de datos de tiro y medios de transmisiones para enlazar los escalones de fuego con los observadores avanzados. El enorme consumo de munición obliga a completarlas con grandes columnas de municionamiento… La Artillería se hace aún más técnica y más compleja. Desde 1916, la munición de Artillería llegó a suponer el 90% del peso y del volumen de todos los recursos logísticos enviados al frente, por lo que, en casi todos los Ejércitos, la logística acaba en manos principalmente de los artilleros.
La Caballería de 1918 se debate aún entre su vocación tradicional de Arma de choque, vinculada al caballo como elemento esencial de ella, y su empleo como ‘Infantería montada’. A este debate se suma, tras la experiencia del Frente Occidental, el de los partidarios de su sustitución por el carro de combate. En realidad, la experiencia de la Gran Guerra para la Caballería es ambivalente: si los combates del Frente Occidental parecen respaldar el fin del caballo, su empleo sólo como Infantería especialmente móvil o, incluso, su sustitución por el carro de combate, el amplio y efectivo uso de unidades a lomo en los combates en Oriente Medio o en las operaciones desarrolladas en los amplios espacios del Frente Oriental europeo, daba argumentos de peso a los que consideraban que el Frente Occidental europeo había sido una ‘anomalía’, que no tenía por qué repetirse, por lo que la Caballería a lomo todavía tenía un papel fundamental que desarrollar en ejecución de sus misiones tradicionales de información, seguridad y explotación del éxito. Las limitaciones mecánicas de los carros de combate y la falta de vías de comunicación en muchos posibles Teatros de Operaciones (desde la Europa del Este, al Oriente Medio o la mayor parte de las colonias europeas) ofrecían argumentos para defender la permanencia de las unidades montadas.
Los Ingenieros salen de la Gran Guerra con un papel mucho más relevante del que tenían en 1918: el amplísimo y eficaz uso de la fortificación de campaña durante la guerra había otorgado a este Arma una importancia mucho mayor. Sin embargo, estas fortificaciones habían sido mucho más habituales en el Frente Occidental que el en Oriental. Aún más, fuera del comparativamente reducido espacio del Frente Occidental, los intentos de mantener posiciones fortificadas en los amplios espacios del Frente Oriental o de Oriente Medio se habían saldado con notorios fracasos (como la derrota turca en Beersheba en 1917, precisamente frente a la Caballería británica que envolvió las posiciones fortificadas otomanas). En consecuencia, este papel destacado estaba también cuestionado por lo que consideraban que la experiencia del Frente Occidental era difícilmente repetible, por lo que rara vez serían necesarias las complejas obras de fortificación (y, recíprocamente, la apertura de brechas en ellas) que habían concedido a los Ingenieros la importancia alcanzada en 1918.
La logística adquiere un papel determinante para las operaciones, debido a la dependencia del combate del apoyo de la Artillería. Los consumos de munición artillera son tan grandes que limitan las operaciones a aquellas zonas dotadas de vías de comunicación de la calidad suficiente como para permitir alimentar a las unidades combatientes con esas ingentes cantidades de munición. En 1918, no se concibe ninguna campaña con los precarios medios logísticos con los que se inició el conflicto en 1914, ni se pueden elegir rutas de avance que carezcan de vías de comunicación de calidad.
En conjunto, la PGM está en el origen de la concepción moderna del combate, y gran parte de las ‘lecciones aprendidas’ en ese conflicto siguen siendo plenamente vigentes un siglo después.
No obstante, el estancamiento del Frente Occidental y el enorme número de bajas que imponía el combate en esas condiciones hacían imperativo un análisis del nuevo campo de batalla. Este análisis fue la principal tarea doctrinal del periodo de entreguerras.

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